2006 - Tata Güines



(1930- 2008)

Federico Arístides Soto Alejo (Tata Güines). Músico de origen cubano de gran popularidad nacional e internacional. Se ligó a los instrumentos de percusión, especialmente a la tumbadora. Es considerado en Cuba el rey de los tambores, tumbador por excelencia, intérprete clásico de la rumba y la conga sin parangón.

Nació en Güines, La Habana el 30 de junio de 1930, en el seno de una familia de músicos, hijo de Joseíto "El tresero" y de la Niñita. Desde muy pequeño solía tocar una caja de limpia botas en la esquina de la Capilla de Santa Bárbara, en el legendario barrio de Leguina, donde tantas congas y bembés se han hecho y se seguirán disfrutando.

Se ligó a los instrumentos de percusión, especialmente a la tumbadora, que como cubana gimió bajo el efecto de sus prodigiosas manos. Bajo la influencia de Chano Pozo, cuyos toques lo embrujaron y le dieron la clave para crear su propio estilo.

Se formó como músico entre los tambores y las fiestas religiosas de su barrio. Adoptó su apodo de pequeño -el Tata-, y como apellido el del pueblo que le vio crecer. La música la trajo en la sangre: su padre y sus tíos hacían música con los cueros.

Fue ejecutante del contrabajo en el conjunto Ases del Ritmo. Formó parte del grupo Partagás, dirigido por su tío Dionisio Martínez, y posteriormente fundó la orquesta Estrellas Nacientes y actuó con la orquesta Swing Casino, de Güines.

En 1946 actúa en su pueblo natal con el Conjunto de Arsenio Rodríguez. En 1948 se traslada para La Habana, donde fue miembro de las orquestas La Nueva América, de Pao Domini; la del Havana Sport de José Antonio Díaz, Unión, de Orestes López, La Sensación de Belisario López, y en 1952 ingresa en Fajardo y sus Estrellas, con la que en 1956 viaja a Nueva York.

Integró Los Jóvenes del Cayo, con el que se presentó en la radioemisora La Voz del Aire; después actúa con los conjuntos Camacho y Gloria Matancera. Acompañó como bongosero al trío Taicuba, y trabajó con Guillermo Portabales, Celina y Reutilio, y Ramón Veloz. Participó, junto a Chano Pozo, en la comparsa Los Dandys de Belén; además, Los Mosqueteros del Rey, Los Mambises y Las Boyeras.

Grabó con Arturo O’Farrill (Chico) y con Cachao y su Ritmo Caliente, Frank Emilio, Guillermo Barreto, Gustavo Tamayo y otros. Formó parte del Quinteto Instrumental de Música Moderna (después Los Amigos), dirigido por el pianista Frank Emilio e integrado además por Guillermo Barreto, timbal; Gustavo Tamayo, güiro; Israel López (Cachao) y Orlando Hernández (Papito), contrabajo.

En 1955 viaja a Caracas, Venezuela, para participar en los carnavales de esa ciudad. Visita Nueva York con la orquesta de Fajardo y sus Estrellas, con la que actúa en el Palladium, en donde coincide con Machito y sus Afro-Cubans y con Benny Moré, a quien acompaña con la tumbadora; también se presentó en el hotel Waldorf Astoria, donde trabaja por vez primera como solista.

Preparó un espectáculo y compartió el escenario con Josephine Baker, Frank Sinatra, Maynard Ferguson y Los Chavales de España, con los que grabó la pieza No te puedo querer.

En 1960 regresa a Cuba. Cuatro años después funda Los Tatagüinitos. Ofrece un concierto con la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Manuel Duchesne Cuzán, con la que interpreta su obra Perico no llores más. Acompañó al guitarrista y compositor Sergio Vitier en su obra Ad Líbitum, que bailaron Alicia Alonso y Antonio Gades.

Realizó giras por California, Chicago, Miami, Puerto Rico, Panamá, Venezuela, Colombia, México, Martinica, Montecarlo, Suiza, Bulgaria, Hungría, donde participó en el Festival de Jazz; Unión Soviética, Finlandia, España.

Tata Güines, Premio Nacional de Música 2006, fue maestro de maestros de la percusión cubana. Su muerte representa una notable pérdida para la cultura cubana. Nadie como él en Cuba para hacer de la percusión un arte. Frente a Tata Güines, el cuero del tambor parecía la más delicada y costosa seda. Él colocaba su ágil mano sobre la curtida piel estirada por el fuego, y con sus uñas conseguía lo mismo el más triste de los lamentos que la sonrisa más contagiosa. Fue modernizador de las tumbadoras, maestro en eso de colocar los golpes «sueltos» en un tema, como «al descuido», pero que hacían que la pieza no pudiese sobrevivir si le faltaba aquella impronta de quien se dejaba llevar por el ritmo de las claves, por su finísimo oído y por las exigencias de un cuerpo acostumbrado, desde que era casi un crío, a la música.